Conviene recordar hoy una masacre ocurrida en Yelwata, en el estado de Benue (Nigeria), que evidenció una feroz violencia dirigida contra comunidades cristianas desplazadas. Al menos 200 personas fueron asesinadas en la noche del 13 al 14 de junio, cuando un grupo de pastores fulani atacó un refugio improvisado en la parroquia de Parroquia de San José, donde se encontraban refugiadas familias que habían huido de la expulsión de sus tierras. El sacerdote Remigius Ihyula, coordinador de la Comisión de Justicia, Paz y Desarrollo de la diócesis de Makurdi, describe que los supervivientes “están aterrorizados; han sufrido y presenciado violencias indescriptibles”. Las víctimas habían sido desplazadas por bandas de pastores fulani, expulsadas de sus tierras e internadas en condiciones precarias: sin alimentos, sin mantas, sin medicamentos. En una sola noche, “lo han perdido todo: alimentos, ropa, colchones, mantas, medicamentos… están en una situación desesperada”[1].
La historia muestra que la civilización se mide más allá del progreso técnico, donde ciertamente la dignidad que se reconoce al ser humano es pieza clave para considerar que una etnia es civilizada o no. Cuando una sociedad deja de ver en el otro una persona, un “alguien” creado a imagen de Dios, inevitablemente desciende a la barbarie tal como acontece en comunidades no cristianas. Así ocurrió en los sacrificios humanos de la Antigüedad, en las ideologías totalitarias del siglo XX y, hoy, en los ataques a comunidades indefensas en África o en la indiferencia de Occidente ante esas tragedias.
El cristianismo introdujo en el mundo la idea de que toda vida humana, sin excepción, tiene un valor sagrado. Ahora esa visión se desvanece a la par que se desvanece la Tradición y la Fe; ahora el hombre se convierte en un simple medio y no es visto como un fin en sí; la fuerza bruta de los bárbaros sustituye al derecho divino y el poder de turno al bien trascendental. La violencia de quienes persiguen a los cristianos es el síntoma de una des-civilización moral a causa de negar el sentido sobrenatural del hombre. Una cultura globalista como la actual, que reniega de su raíz cristiana, sea en África o en Europa, olvida el fundamento mismo de la compasión y del perdón; sin esa raíz, no hay civilización, sólo barbarie.
[1] Fuente: https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2025-06/masacre-en-yelwata-muestra-la-violencia-contra-las-cristianos.html


