NIGERIA PROFUNDIZA SU CRISIS CONTRA EL CRISTIANISMO

La situación que atraviesan los cristianos en Nigeria en 2025 constituye uno de los dramas humanitarios más silenciados de nuestro tiempo. Esto es un auténtico martirio contemporáneo que expone una suerte de retorno a las persecuciones de los primeros siglos de la Iglesia.

Nigeria es el país más poblado de África, con 222 millones de habitantes, la mitad de ellos cristianos. Sin embargo, la violencia contra estas comunidades ha alcanzado niveles escalofriantes ya que, según expuso “Ayuda a la Iglesia Necesitada”, más de 7.000 cristianos fueron asesinados y casi 8.000 secuestrados en apenas siete meses de 2025. Estas cifras coinciden con las que provienen del informe de “Intersociety”, una de las pocas entidades que documenta sistemáticamente los crímenes que el resto del mundo prefiere ignorar.

Ciertamente que las masacres responden a una lógica sistemática que combina persecución religiosa, conflictos étnicos, redes criminales y la inacción (cuando no complicidad) del Estado. Los grupos yihadistas, como Boko Haram y el Estado Islámico en África Occidental, actúan con brutal eficacia para aterrorizar a las poblaciones cristianas. A su violencia se suman tensiones históricas entre ganaderos fulani musulmanes y agricultores cristianos, agravadas por la presión demográfica y la escasez de recursos.

El aparato estatal nigeriano, corroído por la corrupción y la falta de medios, ha abdicado de su deber de proteger a los inocentes. En regiones como Benue, más de 1.100 cristianos han sido asesinados en 2025; en Plateau, 806. En Yelewata, los días 13 y 14 de junio, 280 personas (muchas refugiadas en una misión católica) fueron masacradas con machetes, balas o fuego. Este patrón se repite en Níger, Kogi, Edo y Borno. Desde 2015, más de 18.000 iglesias y 2.200 escuelas han sido destruidas, y cinco millones de cristianos han sido desplazados. Los campos de refugiados, administrados en su mayoría por la Iglesia, son objetivos frecuentes de los atacantes. Es una guerra espiritual y cultural cuyo objetivo es vaciar de cristianos vastas regiones del país.

La violencia no se limita a los asesinatos. Los secuestros masivos, las conversiones forzadas, los matrimonios impuestos y la violencia sexual son estrategias deliberadas para quebrar el tejido comunitario cristiano. Las mujeres y niñas son usadas como instrumentos de despoblación; de hecho, se entiende que casarlas a la fuerza con musulmanes no es solo un crimen contra su dignidad, sino también un modo de alterar demográficamente territorios que fueron durante siglos baluartes de la fe.

Este genocidio religioso ocurre ante el silencio ensordecedor de las cancillerías occidentales y los grandes medios. Estados Unidos ha incluido a Nigeria en su lista de “países especialmente preocupantes”, pero sin acciones concretas. La Unión Europea, el Reino Unido y Canadá se limitan a declaraciones formales porque las víctimas no encajan en el relato “woke” dominante; de más está decir que no son minorías mediáticas, no representan causas ideológicas de moda, y su martirio no sirve a los intereses políticos del momento.

Para la sensibilidad secularizada de Occidente, los cristianos perseguidos en África son, en el mejor de los casos, una nota al pie; en el peor, una molestia que desentona con el discurso relativista y multiculturalista. La sangre de estos mártires no conmueve porque denuncia el fracaso moral de una civilización que ha dejado de creer en el Dios verdadero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *